Mitos y Leyendas
La historia del concierto de Fuensanta
El pasado 26 de julio, la Banda Municipal de Música de La Roda presentó en el Claustro del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios de Fuensanta el concierto “Mitos y Leyendas”.
En esta ocasión, la música estuvo unida por una historia creada especialmente para el concierto. Su protagonista, Alexandre, un joven cartógrafo, emprende un viaje por Europa siguiendo el rastro de un amor perdido. Celanova, los Cárpatos, Praga, Irlanda, Roma y las tierras del Cid forman parte de un recorrido en el que historia, mito, música y leyenda terminan encontrándose en un mismo lugar: Fuensanta.
Muchos de quienes asististeis al concierto nos habéis pedido poder leer con tranquilidad la historia que acompañó aquella noche a la música.
Aquí la tenéis completa.
El agua de Celanova
Hace muchos años, cuando las campanas del Monasterio de San Salvador dictaban el ritmo de la villa, llegó a Celanova un joven cartógrafo llamado Alexandre. Su misión era dibujar los mapas de las tierras del monasterio, pero su mente se perdió la noche en que vio a una misteriosa joven junto a la fuente de la Plaza Mayor.
La mujer, vestida con un manto oscuro y que ocultaba su rostro, recogía agua del caño orientado al norte bajo la pálida luz de la luna. Al verse descubierta, huyó entre los soportales, dejando caer un pañuelo bordado con hilos de plata. Alexandre, atrapado por sus ojos y una fascinación inmediata, regresó a la plaza cada noche esperando volver a verla, pero la misteriosa dama no aparecía.
Desesperado, el joven acudió a una anciana del pueblo, quien le advirtió con voz grave:
—El agua del caño norte es agua meiga, hijo. Beber de ella une los destinos con la fuerza del rayo, pero si el amor duda o no es correspondido, vacía la mente y te condena a la locura.
Ignorando el peligro y guiado por un amor ciego, Alexandre corrió a la plaza y bebió ansiosamente del caño del norte. Al instante, una intensa fiebre se apoderó de él.
Durante días, el cartógrafo deambuló por las calles de Celanova hablando con fantasmas, perdiendo la cordura tal y como la anciana había predicho. Decía escuchar la voz de su amada atrapada en el murmullo del agua.
Una noche de tormenta, el frío y el delirio lo llevaron a colapsar junto a la fuente y un lugareño que volvía a su hogar se compadeció de él y le acogió.
Cuando la fiebre remitió, el joven revisó sus pertenencias dispuesto a marchar. Entre ellas seguía intacto el pañuelo de hilos de plata; el único vínculo a una esperanza que se negaba a abandonar.
Asimismo, con cierta incredulidad, descubrió que en uno de sus mapas incompletos habían aparecido marcados lugares que jamás había dibujado.
Convencido de que aquellas señales lo conducirían hacia aquella mujer y a la cura de la extraña maldición que consumía su mente, Alexandre abandonó Celanova y emprendió un largo viaje por el viejo continente.
♫ Onde o Mondo se chama Celanova
El príncipe de Valaquia
Alexandre caminó durante noches enteras entre bosques envueltos en niebla, siguiendo el murmullo de una voz que creía reconocer.
Tras varios meses de travesía, una luna llena lo llevó hasta las ruinas del castillo de Bran, en los Cárpatos, donde una figura negra contemplaba el valle desde la torre más alta.
—Te estaba esperando, cartógrafo —dijo el desconocido sin girarse—. Los que beben de aguas encantadas siempre terminan encontrándome.
Alexandre sintió un escalofrío y de inmediato le preguntó quién era.
Aquella figura negra comenzó entonces a relatar su historia. Habló de las guerras contra los otomanos, de las montañas de Valaquia y de la crueldad que le valió el sobrenombre de “El Empalador”. Contó cómo la historia y la imaginación terminaron mezclándose hasta convertirlo en un vampiro que habitaba el castillo de Bran, del que nunca fue conde ni señor, sino un simple prisionero.
—Fui príncipe de Valaquia, guerrero y monstruo. Los hombres me llamaron Vlad III. Aunque después otros me dieron un nombre que sobrevivió a mi propia vida... ¡Drácula!, que significa descendiente de Dragón.
Alexandre dio un paso atrás y sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.
El nombre de Drácula bastó para que su imaginación dibujara el peor de los finales: morir empalado, como tantos enemigos del príncipe de Valaquia, o servir de alimento a un vampiro cuya mirada parecía esconder siglos de soledad.
Pensó que aquella era la verdadera razón por la que Drácula le había dicho que lo estaba esperando, pero este continuó hablando, sin la menor intención de hacerle daño.
—Dicen que duermo en un ataúd, que huyo de la luz y que bebo sangre para vivir. Algunas historias son ciertas. Otras las escribió un hombre llamado Bram Stoker siglos después de mi muerte. Al final, poco importa. Las leyendas siempre acaban siendo más fuertes que la verdad.
Después su voz se volvió más apagada.
—Lo único que jamás inventaron fue mi búsqueda. Yo también perdí a la mujer que amaba. La perseguí por bosques, fortalezas y campos de batalla. Cuanto más la buscaba, más monstruo me convertía.
Alexandre comprendió que ambos compartían la misma condena.
—¿Entonces nunca la encontraste?
Drácula negó lentamente.
—No. Pero durante siglos he aprendido que toda maldición deja un rastro. La tuya no terminará aquí.
El vampiro extendió la mano y depositó en la palma del cartógrafo una antigua moneda de plata. En una de sus caras aparecía grabada una estrella de seis puntas; en la otra, el perfil de una ciudad atravesada por un gran puente de piedra.
—Sigue el curso del Moldava. Busca la ciudad donde los emperadores escondieron a alquimistas, astrónomos y magos. Allí encontrarás a un hombre cuyo violín aún resuena entre los muros de una vieja torre. Escuchará tu historia... pero exigirá un pago por contarte la suya.
Alexandre observó la moneda.
—¿Este será el precio?
Drácula asintió lentamente.
—Ninguna leyenda se entrega gratuitamente. Guarda esa moneda y úsala cuando sea necesario.
Cuando Alexandre levantó la vista, el castillo estaba vacío. Tan solo el aleteo de unos murciélagos rompía el silencio de los Cárpatos.
Mientras tanto, en su mano, la moneda seguía allí y el mapa marcaba el camino hacia el siguiente destino.
♫ Dragon Fight
El violinista de Praga
Alexandre reanudó el viaje hasta alcanzar Praga.
Nada más cruzar el Puente de Carlos reparó en un cartel que anunciaba una representación de la ópera Dalibor, inspirada en la antigua leyenda de un caballero encarcelado cuya música había conmovido a toda la ciudad.
Movido por una fuerza que no supo explicar, compró una entrada con la moneda de plata que Drácula le había entregado.
El acomodador la observó unos segundos con extrañeza, pero, sin pronunciar palabra, le indicó un asiento.
Durante toda la representación, Alexandre permaneció inmóvil. Nunca había escuchado una música capaz de transmitir tanta esperanza y tanta tristeza al mismo tiempo.
Cuando el telón cayó, el teatro entero estalló en aplausos. Sin embargo, advirtió que el hombre sentado a su lado no había aplaudido y su ropaje era extraño, como si fuese de un noble de otro siglo.
Sus manos descansaban sobre un viejo violín y, sin apartar la mirada del escenario vacío, habló con serenidad.
—Smetana hizo un buen trabajo... aunque cambió más cosas de las que me habría gustado.
Alexandre lo observó confundido.
—¿Conociste a Dalibor?
El desconocido sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Sería difícil no conocerme… ¿No crees? Antaño fui caballero feudal, mas una dudosa sentencia acabó en una condena a varios años de prisión en la Torre Daliborka y una sentencia de pena de muerte. Para combatir la soledad, aprendí a tocar este violín.
Lo que al principio fueron notas inseguras acabaron convirtiéndose en melodías tan hermosas que, cada noche, los habitantes de Praga se reunían bajo mi torre para escucharlas y me lanzaban pan y comida en agradecimiento. El día que solo se oyó el silencio, la ciudad comprendió que la sentencia se había cumplido.
Dalibor apoyó el arco sobre las cuerdas y dejó escapar una última melodía. Era tan sencilla que Alexandre pensó que jamás podría olvidarla.
—Los mapas sirven para encontrar ciudades —continuó el violinista—, pero nunca a las personas. Quienes buscan de verdad deben aprender a escuchar.
Alexandre frunció el ceño.
—¿Escuchar qué?
—Las historias. Cada pueblo guarda una. Algunas se escriben en piedra, otras sobreviven en viejos pergaminos... y las más importantes se recuerdan cantando. Hay una isla al norte donde las tabernas cantan incluso cuando amanece. Estoy seguro de que, si sigues la música, descubrirás que hay melodías también para quienes dedican su vida a buscar aquello que el destino les arrebató.
El cartógrafo observó de nuevo su mapa.
Por primera vez, las marcas ya no parecían simples puntos sobre un pergamino. Eran notas dispersas de una partitura que alguien llevaba siglos componiendo.
Cuando volvió a levantar la vista, Dalibor había desaparecido.
Solo permanecía suspendida en el aire la última nota de su violín.
♫ Of Castles and Legends

Grace O'Malley y las puertas de Howth
Durante varios días Alexandre recorrió las calles de Irlanda convencido de que allí encontraría a su amada.
Escuchó gaitas, violines, arpas y viejas baladas que hablaban de una mujer que gobernaba el mar como si fuera un reino propio. Unas veces la llamaban Grainne, otras Grace O'Malley, y nombraban una pequeña península al este de la isla: Howth.
¿Sería esa su pista?
Alexandre alcanzó Howth cuando el sol desaparecía sobre el mar de Irlanda y el viento traía olor a sal.
Al llegar al castillo se sorprendió al encontrar las grandes puertas abiertas de par en par. Desde el interior llegaban risas, el tintinear de las copas y el aroma de un guiso recién servido.
Una criada lo vio desde el umbral y le invitó a pasar:
—¿Vienes con hambre? Entra. Aquí nadie cena solo.
Alexandre tomó asiento, pero no pudo evitar fijarse en el cubierto que permanecía intacto frente a la chimenea.
—¿Esperan a alguien más?
Una mujer pelirroja esbozó una sonrisa.
—Llevan más de cuatro siglos esperándome.
Aquellas palabras hicieron que Alexandre recordara la balada que había escuchado una y otra vez en las tabernas. Levantó la vista lentamente y preguntó:
—Entonces... ¿eres Grace O'Malley?
La mujer alzó su copa a modo de respuesta.
—He recorrido un par de fortalezas por toda Europa —dijo Alexandre mientras contemplaba las puertas abiertas—, pero nunca había visto una que renunciara a defenderse.
Grace soltó una carcajada.
—Hace mucho tiempo llegué hasta este castillo buscando comida y refugio. El señor de Howth me cerró las puertas porque ya estaba cenando. Así que le recordé, a mi manera, que en Irlanda la hospitalidad es sagrada.
»Me llevé a su nieto hasta que juró que las puertas de este castillo jamás volverían a cerrarse para un viajero y que siempre habría un plato esperando a quien llegara con hambre. Y parece ser que los de Howth han cumplido su palabra mejor de lo que jamás imaginé...
Alexandre cogió el mapa y lo desplegó sobre la mesa. Las marcas seguían allí, pero ninguna parecía llevarle hacia su amada.
—He cruzado media Europa siguiendo este pergamino —confesó—. Cada leyenda me conduce a la siguiente, pero ninguna me acerca a ella. Empiezo a pensar que jamás la encontraré.
Grace negó lentamente mientras llenaba de nuevo su copa.
—Ese es el error de los hombres de tierra firme. Creéis que un mapa siempre muestra el camino más corto. ¡Deja de mirarlo! En el océano aprendí que hay corrientes invisibles. Si luchas contra ellas, nunca llegarás a puerto. Si aprendes a leerlas, terminan llevándote exactamente donde debes estar.
»Tú no estás siguiendo el rastro de esa mujer; es ella quien lleva guiándote desde el momento en que bebiste de aquella fuente.
»Pero si quieres un consejo, cuando abandones Irlanda, no sigas el amanecer. Busca la primera estrella que aparece al caer la noche. Los marineros la hemos seguido durante siglos para encontrar el sur. Ella te llevará hasta la Ciudad Eterna.
»En Roma arde una llama que no ha dejado de alimentarse desde hace más de dos mil años. Tal vez ahí encuentres algo.
Alexandre levantó la vista para darle las gracias, pero tan solo quedaban el plato que nadie se atrevía a retirar y las puertas del castillo abiertas de par en par.
♫ Ireland: Of Legend and Lore

El fuego de Vesta
Alexandre llegó a Roma tras varios días de viaje.
Recorrió templos, plazas y ruinas preguntando por una llama que jamás se apagaba. Muchos lo tomaron por loco; otros señalaron el antiguo Foro, donde tiempo atrás las Vestales habían custodiado el fuego sagrado del Imperio.
Al caer la noche encontró las ruinas del Templo de Vesta.
Entre las columnas derruidas brillaba una pequeña llama que desafiaba al viento. No parecía alimentar ninguna antorcha ni consumir madera alguna. Simplemente permanecía encendida.
Cuando Alexandre se acercó, una mujer vestida con una túnica blanca apareció al otro lado del fuego.
—Busco a una mujer.
Ella sonrió.
—Lo sé. Todos los que llegan hasta mi fuego buscan a alguien.
El cartógrafo extendió el mapa.
—Drácula me habló de las maldiciones. Dalibor me enseñó a escuchar las historias. Grace me pidió que siguiera las estrellas. Todos me enviaron hasta este lugar... pero sigo sin encontrarla.
La mujer contempló la llama.
—Porque has confundido el fuego con la luz.
Alexandre guardó silencio.
—El fuego nunca fue esto. El fuego es aquello que obliga a un hombre a cruzar un continente sin rendirse. Lo protegí durante siglos en cada hogar romano porque, cuando una casa perdía su fuego, dejaba de ser un hogar. Y cuando un corazón pierde el suyo... deja de reconocer el camino.
—¿Eres... Vesta?
La mujer afirmó con la cabeza.
—Has recorrido media Europa buscando respuestas donde nunca estuvieron. El agua que bebiste, el pañuelo que conservas y el mapa que te fue entregado... todo nació en la misma tierra.
Hizo una pausa.
—Tu amor nunca perteneció a los Cárpatos, ni a Praga, ni a Irlanda. Ni siquiera a la Ciudad Eterna. Regresa a Hispania y lleva esta llama contigo.
Vesta le entregó una lucerna con una llama.
—Mientras este fuego permanezca encendido, jamás olvidarás quién eres ni por qué emprendiste este viaje. No busques en él un milagro; el verdadero milagro es que aún conserves el amor que te hizo abandonar Celanova.
Antes de marcharse volvió la vista hacia el templo. Vesta seguía inmóvil al otro lado de la llama, observándole con la serenidad de quien conoce el final de todas las historias.
Alexandre inclinó la cabeza en señal de gratitud y abandonó el Foro mientras la pequeña luz de la lucerna comenzaba a iluminar el camino de regreso a Hispania.
♫ Goddess of Fire

El regreso
Alexandre cruzó de nuevo los Pirineos siguiendo la tenue luz de la lucerna.
El mapa ya no mostraba nuevos destinos. Todas las marcas habían desaparecido, salvo una que parecía conducirlo hacia las viejas tierras de Castilla.
Durante días recorrió caminos polvorientos hasta alcanzar las murallas de Burgos. Allí, al caer la tarde, distinguió a un caballero que contemplaba el horizonte apoyado sobre una espada con un porte que imponía más respeto que el de cualquier rey.
—Te esperaba, cartógrafo —dijo sin apartar la vista del camino.
Alexandre sonrió por primera vez al escuchar aquellas palabras. Después de todo lo vivido, ya no le sorprendía encontrarse con quienes habitaban las leyendas.
Y en esta ocasión reconocía a la persona que tenía enfrente.
—Eres Rodrigo Díaz de Vivar. Te conozco. Te he estudiado en los libros de historia.
El caballero asintió.
—Muchos me llamaron el Cid.
Alexandre le habló de Celanova, del agua encantada, del pañuelo de hilos de plata, de Drácula, Dalibor, Grace y Vesta.
Cuando terminó, el Cid permaneció unos instantes en silencio.
—Has cruzado media Europa buscando aquello que perdiste. Yo también fui obligado a abandonar mi tierra. Perdí mi casa, el favor de mi rey y el derecho a regresar. Pero comprendí algo durante el destierro: el camino nunca consiste en alejarse. Consiste en merecer el regreso.
Alexandre bajó la vista hacia la lucerna.
La llama seguía ardiendo con la misma intensidad.
—¿Dónde debo ir ahora?
El Cid sonrió.
—A casa.
El cartógrafo frunció el ceño.
—Pero... ¿dónde está mi casa?
Rodrigo señaló hacia el sureste.
—No donde comenzó tu viaje, sino donde comenzó vuestro destino.
♫ La Ruta del Cid
Fuensanta
Tras varias jornadas llegó a una pequeña aldea donde los vecinos hablaban de una fuente nacida por voluntad divina.
Contaban que siglos atrás la Virgen se había aparecido a un pastor en aquel mismo paraje y que, al brotar el agua de la tierra, muchos enfermos encontraron alivio en ella.
Desde entonces aquel lugar recibió el nombre de Fuensanta, porque sus aguas eran consideradas benditas y portadoras de esperanza.
Alexandre se acercó lentamente.
El murmullo del agua le resultaba extrañamente familiar.
Era el mismo sonido que había creído escuchar en Celanova.
Sacó el pañuelo de hilos de plata y entonces la vio.
Una mujer permanecía arrodillada junto al manantial y vestía un manto oscuro.
Cuando levantó la mirada, Alexandre reconoció aquellos ojos y sintió que se le salía el corazón.
Ella sonrió.
—El agua nunca se equivocó.
Él no respondió.
Simplemente cayó de rodillas junto a la fuente.
El pañuelo que había guardado durante todo el viaje volvió por fin a las manos de su dueña y, en ese mismo instante, la pequeña lucerna que Vesta le había entregado se apagó sin hacer ruido.
Alexandre sintió un impulso de preocupación, pero comprendió enseguida que no era una pérdida.
La llama no se extinguía porque hubiera terminado el fuego; se apagaba porque ya no era necesaria.
Después de cruzar media Europa, de escuchar leyendas, seguir estrellas y desafiar maldiciones, por fin había encontrado aquello que llevaba ardiendo dentro de él desde la noche en que bebió del agua encantada.
Había encontrado su hogar y a su amada.

“Mitos y Leyendas” fue el hilo narrativo creado para acompañar el concierto de la Banda Municipal de Música de La Roda celebrado en el Claustro del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios de Fuensanta.
Fotografias: Chumy





